El viejo poeta llegó al final de su vida sin haber escrito el magno poema que lo inmortalizaría.

Año tras año luchó por sacárselo del pecho. Mil veces y otras más intentó escribirlo. Pero el torpe lenguaje de los hombres no bastaba para cantar aquel canto, que algo tenía de Dios.

Le llegó por fin el fin. Se reclinó en su lecho para morir en paz.

No tenía miedo de la muerte. ¿Cómo tenerlo, si nunca había tenido miedo de la vida?

Sentía solamente no haber escrito su poema. A su lecho llegaron entonces su mujer, sus hijos y sus pequeños nietos.

Ellos le trajeron fragancias de moras: aquel paseo en el bosque; las veladas de invierno junto a la chimenea; las noches de amor en la mañana de la juventud; la alegría de verse niño en los niños.

Casi para morir sonrió el poeta. Se dio cuenta de pronto de que nunca, en efecto, escribió aquel maravilloso poema que llevaba dentro de sí. Pero había hecho algo mejor. Lo había vivido.

Y murió el poeta plácidamente en los brazos de su poema.

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