octubre 26, 2021
Mi boca lloraba y tu sonrisa se estiraba.
Las babas en tus labios, tieso allí abajo
inundabas mi cara con mentiras saladas.
Pero el dolor no se pierde en la sordidez,
fue lo oscuro de tu cama que desnudó tu alma.
Eras tan guapo y musculoso, tan débil y soso…
¿qué demonios querías conmigo?
Me lo dijiste siempre: mi cara de niño.
Todas esas noches con mi culo en tu cara
y vos en mi boca con órdenes desquiciadas,
por todos esos años que me llevabas…
¡No puedo decir que me violabas!
Yo creía que te amaba.
De todos los hombres, con vos sí, quizás…
definitivamente tal vez, yo pensaba.
Pero no era mi voz la que contemplaba,
era un adolescente de 17 años con un trastorno
afectivo y con necesidad de ser amado.
Y me pasaste vos, todo lo contrario.
El precio de la ignorancia, cara es la ganancia.
Abrí mis ojos, cuando me abriste las piernas.
Me partiste en dos el cuerpo y el tiempo.
me llenaste de complejos, de falacias y enredos.
Y dentro de mí me marcaste e interrumpiste
mi desarrollo, mis anhelos y convicciones.
Desde entonces no distingo entre sexo y amores.
Ni siquiera al día de hoy. Atrapado en trauma.
La confianza simplemente se desmoronó.
El puñal, tu lengua, siempre chupándome.
Bañado en tu veneno, oliendo a tus secreciones.
Cualquiera, todas. Te regabas impune.
Fui tu maldito inodoro. Así cumplí los 18.
Las palabras violentas, los engaños, el odio.
Aquel deleite que te daban mis quejidos y llantos,
que intento no me definan hasta el día de hoy.
Y sí: pudiste follarme, cogerme, culearme.
Lo admito: mi primer todo, te di hasta mi sangre.
Pero a mí no iba joderme más ni vos, ni nadie.
Llegó otra noche, con mi culo en tu cara,
esperando que llegaras, para darte la mía…
Mi factura, esa sería: el precio de tu ignorancia.
No hay moneda ni músculo que le alcance,
entonces me las cobré todas con venganza.
Nada más indefenso que un depredador confiado
y me senté en tu pecho mojado para terminarte.
Ojos cerrados, tus manos atadas,
tu sudor que apestaba cuando di un respiro:
Mi desahogo fue tu ahogo y eso no lo esperabas.
Me bastaron tus plumas forradas en seda
para dejarte tan tieso, sin palabras ni aliento…
No vi más tu cara, ni volví a sentir el dolor
de la forma que me abusabas.
Y con todas mis fuerzas apagué tus sombras,
las cueva tan honda donde pertenecía tu nombre.
Un cadaver podrido en su catre enorme.
Te veías tan pequeño, pretérito de hombre.
El precio de tu ignorancia fue tu muerte,
mi decisión más íntima y necesaria…
Soy nada más tu sobreviviente.

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