Daniel Ulibarri

El mundo al revés

Cuando el mundo se vuelque completamente al revés, viviremos entre melocotones silvestres a millas de la ciudad.

Llevaremos mapaches en la cabeza, ropas color dorado oscuro hechas en casa y nadaremos en nuestra miel hasta ahogarnos.

Los melocotones crecerán silvestres y los cerdos vivirán en un trébol.

No habrá en esta riqueza un sólo momento que perder, nada qué odiar.

Un barril de arenques salados durará un año, las pieles de culebras y los mocasines de agua serán ásperos y menguados; pálidos como un muerto.

Seremos turbios y claros.

Cuando las fresas mendiguen y las elegantes ciruelas azules yazcan abiertas al pico del mirlo, viviremos bien, viviremos muy bien.

Los meses entre las cerezas y los melocotones serán cornucopias rebosantes que derramen frutos rojos y morados, sombríos y negros.

Luego, por fértiles campos y heladas playas fluviales, pisotearemos brillantes caquis, perdices bronceadas, codornices moteadas y lomos de lona.

Nos encantará el aspecto austero e inmaculado de los paisajes dibujados en monótonos nacarados.

Habrá algo en nuestra propia sangre que consistirá de colinas desnudas, plata fría sobre un cielo de pizarra, un hilo de agua batida en una crecida lechosa que fluirá a través de pastos inclinados cercados con piedras.

El hechizo de cielos azules y delgados, de campos escasamente plantados producirán magras gavillas.

El sol será más breve que el aliento de una flor de manzana, demasiado hermoso para quedarse.

La lluvia será como una hoguera de hojas y el sueño de la muerte.

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