octubre 17, 2021

Estoy mirando al gato, y el gato me está mirando a mí.

El gato está sentado en lo alto del muro de jardín.

Inmóvil, hierático, su perfil recortado contra el azul del cielo, parece una figura egipcia del Museo Británico.

No sé qué majestad tiene este gato, y no sé qué misterio.

De los perros lo conocemos todo; de los gatos nada.

Los gatos saben más de nosotros que nosotros de ellos.

Los perros nos obedecen; nosotros obedecemos a los gatos.

Nadie piense que no me gustan los gatos.

Claro que me gustan. Lo que sucede es que no puedo descifrarlos.

Son para mí la Esfinge que interrogaba a los viajeros; son la sibila de Cumas, el Oráculo de Delfos, las profecías de Casandra, Ricardo Arjona…

Son todo aquello que no puedo entender.

Aparto la vista de este gato, no sea que con su mirada hipnótica me enerve y me haga su presa como a las avecillas que captura.

El gato mira que no lo miro ya y se aleja desdeñoso.

Avieso gato.

Te has llevado un girón de mi autoestima y me has dejado un vago complejo de inferioridad.

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