El fabulista y su fábula

Iba el fabulista con su fábula.

La fábula trataba de una lechera que llevaba su cántaro al mercado. Pensaba que vendería la leche.

Con el dinero de la venta compraría gallinas que le darían pollos que vendería para comprar una vaca.

La vaca le daría terneras que vendería para comprar una casa. Ya dueña de una casa no le sería difícil conseguir marido.

Pero ¡oh desgracia!, proseguía la fábula.

Tropezaba la lechera, caía al suelo y se rompía su cántaro.

Adiós leche, adiós gallinas, adiós pollos, adiós vaca, adiós terneras, adiós casa, adiós marido.

Con esa fábula iba el fabulista. Pensaba venderla a un editor. Con la venta se haría de buen dinero.

Pero ¡oh, desgracia!

Tropezó el fabulista, cayó al suelo y el viento se llevó su fábula, que el fabulista olvidó con el golpe.

Adiós editor; adiós dinero.

Esta fábula -espero no olvidarla- tiene una moraleja: lo que querés para tu prójimo, vos mismo lo recibirás.

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