Daniel Ulibarri

El duelo congelado

Sea por separación, migración, enfermedad o muerte, la pérdida nos conduce al duelo, afectando nuestro pequeño mundo en todas sus dimensiones y su objetivo es encontrar un nuevo equilibrio que dé sentido y propósito.

El proceso nunca es fácil y hay circunstancias que lo hacen aún más arduo.

El término “pérdida ambigua” describe aquellos casos donde el duelo está ligada a incertidumbre y ambigüedad.

Al golpe de la pérdida, se suma el tener que lidiar con preguntas sin respuesta o con eventos traumáticos que impiden conocer los hechos que llevaron a la desaparición del ser querido; se cuestionan si aún está con vida, no tienen un cuerpo que honrar y despedir con los rituales deseados o no han tenido la posibilidad de cuidarlo en sus últimos días, como en el caso de los fallecidos por Covid-19.

Los dóndes, cómos y porqués, así como las preguntas contrafactuales ocupan el pensamiento de quien se duele.

Así, la magnitud del sufrimiento puede ser inconmensurable.

Ahora mismo, cientos de miles de familias en Costa Rica y el resto de América Latina sufren por la muerte traumática o la desaparición de uno de sus miembros y cargan con el tremendo peso de no saber.

Día a día se mueven entre la esperanza de encontrar respuestas y la desazón por no tenerlas; familias enteras se encuentran sin fuerza y sin guía; sus propios estilos de afrontamiento, que antes les brindaban soporte para levantarse frente a la adversidad, se encuentran rebasados y, en muchas ocasiones, sus redes de apoyo comunitarias y sociales se ven debilitadas porque desde afuera permanecemos, azorados y temerosos, sin saber qué hacer, cómo acompañar o acoger.

El duelo ambiguo amenaza la salud y el bienestar general de quienes lo padecen porque desafía la capacidad de resiliencia, aquella que permite doblarnos ante el sufrimiento y recomponernos después, para continuar hacia delante.

Es necesario seguir construyendo conocimiento respecto al duelo.

Un primer paso es saber que el duelo ambiguo no es en sí mismo una patología, sino un estresor mayor de origen externo.

Esto suele ayudar a la persona para recobrar la confianza en sus capacidades para aprender a vivir aceptando la ambigüedad, porque entiende que no es producto de alguna incapacidad o debilidad de carácter, sino de las circunstancias.

La personalidad, así como el contexto familiar, social y cultural pueden operar como factores protectores, pero también se reconoce que del 10 al 20 por ciento de quienes viven un duelo ambiguo desarrollarán algún trastorno que requiera tratamiento psicológico y/o médico, como la ansiedad, la depresión o el estrés post-traumático.

Conocer quiénes forman la familia psicológica del doliente, que existe independiente de la física, es ese espacio subjetivo donde es posible mantener los vínculos afectivos, sin importar el motivo de la ausencia, y que puede brindar solaz y ayudarnos a compensar.

¿Quién no tiene en su mente el recuerdo de una caricia de la madre, un consejo del padre o una complicidad con el hermano? Las pertenencias o fotografías que solemos conservar son un recordatorio perenne de que continúan formando parte de nuestra biografía.

La influencia del norte global nos hace creer que quien se duele debe apurar su proceso para cerrarle el paso al dolor.

Sin embargo, para el duelo no hay final, pero sí futuro para quien lo padece.

Para la mayoría será resignificando; a veces, redirigiendo, reconciliándose con lo que es y no fue y, aprendiendo a tolerar la ambigüedad.

  • El término “pérdida ambigua” lo utilizó por primera vez Pauline Boss en la década de los setenta.

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