Daniel Ulibarri

Edén

No fueron los brillantes bordes de las faldas de Dios los que me rozaron la cara.

Abrí los ojos para ver desde una hendidura en la roca cómo el Padre le da al mundo la espalda.

De nuevo cierro los ojos y me quedo quieto en el jardín hasta quedar solo.

Hay una avispa posada en mi mejilla izquierda.

No contemplo cómo este siglo termina y el siguiente comienza sin vida.

No concibo haber visto a Dios desde entonces, ni maravillarme porque paso la mayoría de los días ileso.

Podría ser de otra manera y me vuelvo más huérfano cada día, llegando a conclusiones sin la ayuda del Padre.

Descubro por mi cuenta lo que sé y lo que no sé, viendo cómo se anulan mutuamente.

Me he convertido en un estudioso de las rosas y las espinas.

Sé que lo que hiere supera a lo que consuela.

Lo cruel y lo tierno nunca hacen las paces, aunque uno suba, aunque uno descienda.

Pétalo a pétalo la tierra oculta que nadie es dueño.

Todo lo que se roba es por medio de la violencia o la falsa persuasión.

La rosa anuncia en la tierra el reino de la gravedad, un ave la desmiente y mis párpados anulan sus alas.

El Padre dijo, “nunca apartéis vuestras miradas del mundo”, antes de que sacudir nuestra existencia.

Cualquier cosa podría anular la vista: una distancia, un tiempo, una guerra…

“Yo no hice el mundo que os dejo”, dijo.

Luego, siendo pobres, nos dejó solos en este planeta en el que siempre hay una familia esperando aterrorizada antes de quebrarse.

Este lugar en el que un hombre puede levantarse, descender y andar por un sendero… hacer una pausa y una reverencia.

El Padre cría y admira a las rosas, por un momento incapaz de ver en todas y cada flor al mundo cancelándose a sí mismo.

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