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Daniel Ulibarri

Doña Panoplia

Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, llevó a su perrita poodle con el veterinario.

La Kunina (así se llamaba la perrita) se había desvanecido, y su dueña no sabía si estaba desmayada o se había ido al Cielo a donde van todos los perros.

El médico revisó concienzudamente al animalito y no le encontró signos vitales, pero tampoco pudo determinar a ciencia cierta si se le había ido la vida.

Salió del consultorio y regresó poco después con un gato.

El minino dio dos vueltas en torno de la perrita y luego se puso a miar junto a ella.

Nadie se sobresalte, por favor: miar significa maullar, lo mismo que miañar, miagar y mayar.

La perrita siguió exánime.

Doña Panoplia dijo con tristeza:

“Ahora tengo la seguridad de que la Kunina se ha ido al Cielo. Jamás oyó maullar a un gato sin ladrarle furiosamente”.

El facultativo le dio el pésame a la dama por tan sensible pérdida y en seguida le pasó la cuenta de sus honorarios: mil 500 dólares.

“¿Por qué tanto? -protestó doña Panoplia-. Siempre me ha cobrado usted 500 pesos