fbpx
Daniel Ulibarri

Doña Gilda

Cada domingo, sin faltar ninguno, doña Gilda -se llama Hermenegilda– va muy temprano al cementerio del Potrero y deposita dos ramilletes de flores campesinas en sendas tumbas lejanas una de otra.

Dicen que dice:

Uno es para el hombre que me amó y al que yo nunca amé. El otro es para el hombre al que yo amé y que nunca me amó.

Doña Gilda no se casó jamás. La mitad de las mujeres del rancho dicen: «¡Pobrecita!«.

La otra mitad dice: «¡Qué buena suerte tuvo!«.

Hace dos sábados me topé con ella en el camino. Le pregunté:

¿De dónde viene, doña Gilda?

Me respondió:

Del panteón. Fui a dejarles flores a mis dos maridos.

Pensé primero: «¡Pobrecita!«.

Pensé después: «¡Qué buena suerte tuvo!«.

Amante del humo, la gasolina, los químicos y preservantes. Quienes son amantes del "fitness", el gimnasio, las dietas y los maratones y cualquiera que abrigue escrúpulos de moralina, se encierre en sus 'tiquismiquis' de conciencia y provincialismos santurrones, deje de lado estos renglones ahora mismo.

Dejá un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: