A don Juan no le preocupaba mucho el más allá. Lo suyo era el más acá. Tampoco tenía demasiado interés en ganar el paraíso.

«El amor de una mujer -solía decir- es el paraíso, y yo he tenido muchos paraísos«.

Así, el donjuanesco galán se sorprendió bastante cuando al morir se vio en las puertas del Cielo.

San Pedro, sin embargo, le negó la entrada a la mansión de la eterna bienaventuranza.

Don Juan se encogió de hombros, e iba ya a retirarse cuando el Señor apareció de pronto. Le preguntó al portero:

¿Por qué no dejas que don Juan entre a mi casa?

-Señor -explicó el apóstol de la llaves-, este hombre es el gran seductor.

Te equivocás -respondió el Señor-. Es el gran seducido.

Ni San Pedro ni don Juan entendieron lo que el Señor decía, pero las puertas del Cielo se abrieron para el gran seductor.

Perdón: quise decir para el pobre seducido.

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