«Sos un pésimo amante».

Eso le dijo Dulcimela a Inepcio después del primer trance amoroso en la luna de miel.

El novio se irritó. Le preguntó, enojado, a la muchacha:

«¿Cómo podés formarte esa opinión de mí después de sólo 10 segundos?».


Un tipo le comentó a su amigo:

«Tengo una jaqueca horrible».

Dijo el otro:

«Cuando a mí me sucede eso pongo la cabeza en el busto de mi esposa, y en menos de 15 minutos se me pasa el dolor».

«Me parece muy bueno ese remedio -observó el primero-. ¿Estará tu señora en la casa?».


Luego de tres meses de casada la chica le anunció a su mamá que iba a tener mellizos.

Añadió con orgullo:

«Dice el doctor que eso sucede solamente una de cada mil veces».

«¡Santo Cielo! -exclamó la señora-. ¿Y a qué horas hacías el quehacer?».


El señor Wellhung era el socio más popular del campo nudista.

Una chica le comentó a otra, recién llegada:

«Es el único hombre aquí que puede llevar al mismo tiempo dos vasos de café, uno en cada mano, y una docena de donas».


Doña Facilisa, esposa de don Cuclillo, le reclamó al arquitecto que les hizo su casa:

«El clóset de la recámara es muy bajo».

«Señora -le indicó el profesionista-, tiene la altura estándar».

«Podrá ser -concedió la quejosa-, pero casi todos mis amigos son más altos».


Hacía un calor de casi 40 grados a la sombra, pero doña Panoplia de Altopedo, señora de buena sociedad, llegó a la sesión mensual del Club de Jardinería «Piñanona» luciendo un finísimo abrigo de visón.

Su amiga doña Gules le afeó eso, pues era animalista, ecologista, ambientalista y conservacionista.

Le preguntó, ceñuda:

«¿No te da vergüenza lo que debe haber sufrido el pobre animal para que vos pudieras tener ese abrigo?».

Doña Panoplia se molestó bastante.

«¿Te ha dado ahora por compadecer a mi marido?».


Un vendedor puerta por puerta llamó a la de un apartamento.

Le abrió Pepito, chamaco de 7 años.

Estaba fumando, bebía de una lata de cerveza y traía bajo el brazo una revista porno.

Le preguntó el vendedor:

«¿Están tus papás?».

Respondió el chiquillo al tiempo que le echaba en la cara una bocanada de humo:

«¿Vos qué crees?».


«¿De qué color traés la ropa interior?».

Eso, y una respiración jadeante y agitada de hombre, oyó la señorita Himenia, célibe madura, cuando levantó el auricular de su teléfono.

Le preguntó al acezoso individuo:

«¿Es ésta una llamada obscena?».

Replicó, hosco, el sujeto:

«Sí».

«Entonces espéreme un momento, por favor -le pidió Himenia-. No vaya a colgar. Voy a traer mis cigarritos y una taza de café para disfrutar mejor la llamada».


Don Chinguetas llegó a su oficina cojeando, con la cabeza vendada y un brazo en cabestrillo.

«¿Qué te pasó?» -le preguntó su socio, consternado.

Respondió Chinguetas:

«Mi vecino me golpeó con una pala».

Inquirió el socio:

«¿Y no tenías en la mano algo para defenderte?».

Contestó don Chinguetas:

«Tenía una nalga de su esposa, pero eso no servía para propósitos defensivos».


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