septiembre 22, 2020

¿Quién se encierra primero?

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El encierro potencia nuestro modo habitual de aislamiento. El teléfono celular como prótesis no es abandonado en el encierro; al contrario, es el arma fundamental de nuestro refugio, de nuestra ansiedad y del miedo.

La herramienta de la comunicación privilegiada e inmediata confunde o dispara; engaña o escandaliza. Somos virtuales porque no queremos ser reales. Lo real es una pandemia que vemos cómo se acerca a nuestras casas y nuestros cuerpos y tenemos la sensación de que nadie hace nada para detenerla. Porque nosotros sí: ya nos encerramos.

Nuestra realidad, suponemos también, no es la postración o el confinamiento. Vaya paradoja. Cuando caminábamos presuntamente libres -antes de la pandemia- el chateo era nuestra comunicación con el prójimo, la tecla de la decisión, la pedrada anónima, la súplica a distancia.

La circunstancia del encierro nos hace odiarnos en otra dimensión; el pretexto perfecto para afirmar la distancia. Ni besos ni abrazos. Una separación corporal que supone una irremediable manera de bloquearse, de desentenderse, de separarse.

Nuestros cuerpos se convierten en enemigos y muros. Y la manera de entendernos será a partir de la virtualidad que reina para generarnos el espejismo. O para desquitar el enojo encaramado sobre el miedo.

«Aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa una conmoción. La realidad, la resistencia, vuelve a hacerse notar en forma de un virus enemigo. La violenta y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad», comparte el filósofo coreano Byung Chul Han (El País. 22/03/20).

Avizoramos lo peor. Los streamings diarios de España o Italia, de nuestros amigos o parientes en Estados Unidos, nos indican que el futuro nuestro está justamente en las imágenes de las pantallas de nuestros móviles y computadoras.

Inventamos nuestra sana distancia antes de que la decretaran.

La sana distancia obliga. Y obliga a asumirla con seriedad. Sana distancia del dogma que confunde preocupación con descalificación. Cuestionamiento con diatriba. Crítica con obstaculización.

Sana distancia de la polarización y del encono. Del que se produce desde el Gobierno que descalifica o el que se reproduce en sus contrarios.

Sana distancia de la mentira. De la fabricación de mensajes y esparcimiento de engaños.

Sana distancia de la desconfianza. Colocados en el púlpito del celular, listos para disparar fotografías de aglomeraciones de otros momentos, o videos editados, o supuración de denigraciones, voceros con diplomas médicos obtenidos en los salones de la grilla eterna convocan a la desobediencia de las instrucciones racionales y de expertos.

Sana distancia del egoísmo. El virus ya llegó. Pulula por todos lados. No pide una carta de acreditación en cada frontera estatal. Se localiza en puntos de contagio específicos, detectables y monitoreables. Se impone la colaboración antes que la competencia de qué gobernador aplica las medidas más severas.

Desde luego que ninguna medida preventiva sobra, pero también deben establecerse con trazos precisos de compensación y recuperación.

Sana distancia del desentendimiento. Es la hora del personal de emergencia y de la lucidez de sus superiores. De una estrategia de protección hospitalaria y médica, de un acompañamiento en su labor y un respeto pleno en sus decisiones. El personal médico debe tener todas las formas de apoyo. Por lo pronto aquellas que tienen que ver con dotarle de insumos básicos y de condiciones laborales adecuadas.

Es dura la crítica por las medidas institucionales que no se ven o no queremos ver; es inexistente la solidaridad de aquellos que levanten la mano y digan: cómo apoyo a los médicos, a las enfermeras, a los camilleros.

Es hora de los expertos y de la solidaridad.

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