septiembre 22, 2020


Los líos exacerbados por la pandemia en distintos países latinoamericanos no tienen que ver única y exclusivamente con la crisis económica o la sanitaria.

Lo que sucede en Estados Unidos o Colombia es ilustrativo.

El abuso policiaco sobre ciudadanos (la balacera en contra de Jacob Blake en Kenosha, Wisconsin, o del taxista y abogado Javier Ordóñez asesinado durante una detención por policías en Bogotá) ha levantado protestas sociales que conmocionan a nuestros países.

Las protestas se expanden de manera rápida y vinculan a ricos y pobres en el cuestionamiento de instituciones y modos de gobernar imperantes.

Fenómenos que no pueden acomodarse de manera simple en el prisma de la polarización económica o social.

Las protestas contra el racismo en Estados Unidos -con evidente influjo electoral- son promocionadas por los jugadores millonarios del basquetbol profesional y permean en los barrios pobres de las grandes ciudades, de donde emergieron esos deportistas.

Protestas que calan en el ámbito intelectual e incluso empresarial.

En Colombia se extienden desde Bogotá hasta las comunidades rurales. También en medios universitarios y culturales.

Hay fuertes diferencias de inconformidad que tienen que ver con la raza, el género, por los afectados del despojo, la violencia y el abuso de poder.

Pero la sociedad es compleja, diversa, plural, inquieta, informada; y teje sus asociaciones por rutas disímbolas y contradictorias.

Y la legitimidad se dirime más allá de las fronteras puestas por el grupo que gobierna.

Las redes sociales son el mejor ejemplo. Es una arena de confrontación a veces pueril, a veces fanática, pero en el batidero todos pelean por granjear adeptos o modificar situaciones.

Brotan movimientos de discordia que son vistos desde el poder como actos inducidos atados a una confabulación.

Los poderes regionales de caciques y gobernadores, las reivindicaciones radicales y violentas de las jóvenes feministas, los linchamientos populares contra delincuentes ante la ausencia de ley y de gobierno convergen con los pensamientos críticos de creadores, los reclamos de artistas, los manifiestos de intelectuales y la desesperación e inconformidad de los científicos.

Querer atrapar a todos en una misma red para exhibirlos como los sujetos de la manipulación conservadora cada vez cuesta más trabajo.

La crisis es de legitimidad. La legitimidad no la da por sí el asistencialismo ni la mayoría legislativa.

No la da la infabilidad histórica ni los millones de votos de hace dos años. Menos una exaltación nacionalista cuando hay globalizaciones de las disidencias y las inconformidades.

Ya ni el nacionalismo ni la reivindicación patria nos alcanzan.

Celebrar del 15 de setiembre estará despojado de sus ritos. Las fiestas patrias tenían que ver con la convivencia y el tumulto.

La convocatoria masiva para celebrar y echar relajo. Aclamar o abuchear al Presidente o alcalde gritón.

Y para el gobernante era acto supremo de poder. La plaza que le coreaba obediente la inflamación patriótica.

Ahora las celebraciones serán con plazas vacías y la careta que antes se usaba para evitar que el confeti o la harina de los huevazos reventara en la cara, será la santa protectora del Covid.

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