septiembre 22, 2020

Digamos que seguimos viviendo, que nunca olvidaremos las máscaras que nos impidieron morir de lo invisible.

Digamos que olvidaremos las invisibles máscaras que usamos todas nuestras vidas, disfrazándonos uno del otro.

Digamos que seguiremos nuestros días errantes como sol, impulsivos como cae una estrella.

Digamos que este no es nuestro final.

Digamos que nos emocionaremos tanto como niños girando de nuevo en la silla del barbero, al escuchar el chirrido de sus tijeras aladas recortando nuestros pelos enmarañados que eclipsaban nuestros ojos.

Digamos que tendremos más oportunidades de decir más que gracias.

Y digamos que los ojos nublados de mi madre no murieron del último beso de despedida que le di, digamos que ese no fue el último adiós.

Digamos que no es así como terminaremos.

Digamos que todas las sillas del restaurante se pondrán otra vez de pie, que todos nos sentaremos en un mundo nuevo donde aprovecharemos todo lo que nunca tuvimos el valor de probar: el mesero recitará todos los sabores que no están en el menú y la luz de las velas parpadea como aperitivos y risas picantes.

Digamos que compartirnos entradas de recuerdos ya no a dos metros de distancia, que nuestros labios enamorados son tan embriagantes como el delicioso vino que hace tiempo no probamos… y digamos que nuestros besos serán más dulces que el postre espectacular servido ante los ojos de todos los comensales.

Digamos que no es el fin de nadie, que seguiremos perfeccionando nuestra cocina casera y encontraremos nuevas recetas para el amor en la cocina: lágrimas de placer mientras picamos cebollas, bailando mientras calentamos el horno.

Digamos que nunca dejaremos de festejar el sabor de nuestras historias, dulces o amargas, que nuestra mesa nunca estará lista para solo uno, porque ninguno de los dos muere.

¡Salud! a nuestra buena salud!

Digamos que nunca terminaremos… que todavía nos tomaremos el tiempo que una vez necesitábamos separados para caminar juntos y suavemente por nuestro barrio.

Digamos que esto no es el fin de nadie… porque digamos que sé que este es mi fin.

Este es el último aliento de mi último poema, voluntad de mis últimos pensamientos.

Soy testigo de enjambres masivos de luciérnagas adornando el jardín como nunca antes, dibujando al aire contaminado por nuestra arrogante codicia, presagio de la tierra sin nosotros, un recordatorio de que nunca fui inmune a nuestras destructivas naturalezas.

Digamos.

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