octubre 22, 2020

Cuando llegan los días del lluvia y días de niebla, se abre en las cocinas de El Bosque la flor de los antiguos cuentos.

A veces son oscuras narraciones de sanguinosos crímenes.

Otros relatos hablan de almas en pena que expían algún pecado horrible que en vida cometieron.

Algunas historias son para reír, como ésta que oí ayer.

Trata de un hombre que iba en su caballo por un estrecho camino de herradura. Tras él venía su esposa a lomos de una mula. Perdió pisada el animal, y mula y mujer cayeron a lo hondo del barranco y perecieron.

Tiempo después el viudo se quejaba:

“¡Qué ingrato es este mundo! Después de que murieron mi mula y mi mujer muchos han venido a ofrecerme otra mujer, pero ninguno ha venido a ofrecerme otra mula”.

Los hombres ríen al oír la historia, y las mujeres menean la cabeza con disgusto.

En el fogón borbollea la olla con el agua para el té de menta o yerbanís.

Y la niebla del mundo se disipa en una suave sensación de paz.

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