octubre 20, 2020

Desconciertos y dependencias


Don Languidio llegó a su casa con ánimo abatido.

Le comentó a su esposa:

“El médico me dijo que no puedo fumar, que no puedo beber vino, que no puedo hacer el amor”.

Preguntó muy intrigada la señora:

“¿Cómo se enteró de esto último?”.


Selene llamaban a la Luna los poetas.

Ese nombre deriva del de la diosa que por la noche -según bella leyenda de la mitología griega- se dedicaba, entre otras cosas, a inspirar sueños de amor a los mortales y a producir el rocío de la mañana.

Los hombres de la antigüedad pensaban que Selene, o sea, la Luna, tenía habitantes, los selenitas.

Pues bien, un selenita le dijo a su novia con amoroso acento:

“¡Mirá, mi vida! ¡Hay Tierra llena!”.


Un sultán le contó a otro:

“Anoche me dormí hasta después de las 4”.

Declaró el otro:

“Yo generalmente después de la segunda me quedo bien dormido”.


Don Chinguetas le preguntó a su esposa, doña Macalota:

“¿Dónde están mis calcetines de golfista?”.

“¿Calcetines de golfista? –se desconcertó ella-. ¿Cuáles son ésos?”.

Precisó don Chinguetas:

“Los que tienen 18 hoyos”.


El padre Arsilio reunió a sus feligreses a fin de pedirles sus donativos para las obras de restauración del templo.

Las aportaciones que le daban sus humildes parroquianos eran más bien módicas, hasta que de pronto se puso en pie la sexoservidora del pueblo y ofreció una sustanciosa suma que cubría casi la mitad del costo de las obras.

El buen sacerdote vaciló.

“Caramba -dijo rascándose la cabeza-. No sé si aceptar ese dinero. Me inquieta su procedencia”.

“¡Acéptelo, padrecito! -se oyó desde el fondo la voz de un feligrés-. ¡Procede de todos nosotros!”.


Un viajero sufrió una descompostura en su automóvil al ir por un camino rural.

Era ya muy tarde, y llovía copiosamente.

A lo lejos el hombre vio una lucecita.

Fue hacia ella y se vio frente a una casa a cuya puerta llamó con grandes golpes.

Abrió un granjero, y el visitante le pidió hospitalidad por esa noche.

“Podrá dormir aquí -le dijo el de la casa-, pero tendrá que compartir la cama con mi hijo de 18 años”.

“¿Hijo? -se amohinó el viajero-. ¡Joder! ¡Me metí en el chiste equivocado!”.

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