octubre 26, 2021

Ilustración: Rafael Alejandro

En Estados Unidos la debacle tendría un solo responsable si Donald Trump hubiera sido un aspirante a dictador que acabó aislado y solitario antes de ser derrotado en las urnas.

El problema no es sólo que insiste en que fue derrotado a través de un fraude imaginario y se niega a retirarse del escenario político, sino que su discurso racista encontró eco en casi la mitad del electorado.

La guerra cultural que alimentó durante cuatro largos años sigue viva en las filas de los que creen en la superioridad de la raza blanca, y exigen una libertad que no toma en cuenta los derechos de los demás.

Entre ellos, los anti-vaxxers (movimiento anti-vacunas y anti-ciencia) convencidos de que la vacuna contiene un microchip que alterará su ADN y se niegan a vacunarse, y los conservadores republicanos que insisten en comprar armas de alto poder sin restricciones.

Ambos son responsables de la muerte de cientos de miles de sus conciudadanos.

La respuesta de muchos que habitan el mismo territorio que los trumpianos pero viven en otro universo político -liberal y democrático- ha sido pensar.

Tratar de entresacar de la historia norteamericana las narrativas que han polarizado al país y entender las razones y las sinrazones que están en la base de la cultura política del electorado de derecha republicano que llevaron a Trump al poder.

Ilustración: Lucy Jones

George Packer es uno de esos pensadores. Agudo y lúcido, advierte desde el inicio del artículo que acaba de publicar en The Atlantic que las naciones, como cada uno de nosotros, se cuentan historias para entender quiénes somos y qué queremos ser.

Estas narrativas nacionales padecen sentimentalismo, agravios y ceguera porque se han construido, por encima de la razón y hasta de la ciencia, para satisfacer necesidades y deseos irracionales.

Una nación puede construir y mantenerse unida cuando en medio de versiones históricas encontradas hay un consenso, al menos, sobre qué sistema debe gobernarla.

Estados Unidos es un país dividido en dos con cuatro versiones diferentes de qué es y adónde va que han fracturado la democracia.

Trump pasó por encima de todas las instituciones de su país y tenía sus propios “hechos alternativos”.

Ni sus costosas decisiones políticas han alterado la fe ciega de sus feligreses.

Para recuperar la identidad y el rumbo del país, el resto, la sociedad civil, tendría que organizarse como lo hicieron los polacos para mandar a retiro al régimen comunista o los chilenos para sacar a Pinochet del poder.

Es una tarea titánica porque se necesita una sombrilla que proteja el debate (como sucedió con la iglesia católica en Polonia y Chile) y el acuerdo entre los participantes.

Eso y más se debe hacer para convocar una nueva identidad como nación y voluntad de cambio.

Pero vale la pena: es el futuro de América Latina también.

Un pensamiento en “Deformidad americana

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