Hoyo
No sé cómo entraron los escarabajos.
Aterrizaron como ciruelas rodando de una nube,
con borradores suaves en sus bocas.
Mis sueños fueron los primeros en desaparecer.
Extraídos por agujeros de bala, como abejas que ahuman su colmena,
un coro de líneas negras, quemadas, gruesas y oscuras,
marcas doradas de la parrilla, miel hexagonal pegada a sus ojos,
la soledad tiene seis caras.
Mosca balística, visiones de vidas paralelas,
escondés, lo que sostenés.
Ciego a la brillantez, morí con los ojos en ángulo hacia mi cráneo.
Dije que volvería enseguida. Nunca más.
Montañas de tierra, hormigas y nadie a quien amo me encuentra aquí.
Nunca había sentido las alas endurecidas de un vuelo repentino,
a mitad de carrera, la puerta convertida en un acantilado frío y angular.
Un agujero circular en la piel.
Un desgarro negro en una bolsa.
Aquí es donde los recuerdos doblan esquinas con un dedo dentro de
una luna creciente cuya luz divide y empalma, desconecta los puntos
y una constelación se proyecta sobre la placa de yeso.