septiembre 27, 2020

original (6)

Se ha sugerido que “la cultura de la cancelación” es un movimiento que simplemente busca responsabilizar a uno por sus palabras y acciones.

Aunque, créanmelo, entiendo el sentimiento… debo admitir estar en desacuerdo. Estoy totalmente en desacuerdo.

¿Por qué? Porque la cultura de la cancelación es una respuesta que no deja lugar a malas interpretaciones, malentendidos o, de hecho, diferentes puntos de vista.

Es una forma de objetivación, y además peligrosa.

Las personas, los individuos y los humanos somos seres complejos que existimos dentro de una realidad compartida, nos guste o no.

Pero las personas repudiadas no pueden ser objetos que permitamos que existan o dejen de hacerlo condicionalmente a una realidad que sea de nuestra elección, resultado de impulsos o caprichos.

Un ser humano no puede ser “expulsado” solo porque sí. 

¿Quién lo decide? ¿Quién controla el veto a la existencia?

Es más, ¿qué significa?

¿Cuántas piedras se me permite tirarle a quienes “cancelamos“?

A corto, mediano y a largo plazo todo esto resulta insostenible, porque la cultura de la cancelación mata la discusión

La cultura de la cancelación tiene mucho más que ver con la invalidación que con la responsabilidad.

La cultura de la cancelación es, de hecho, una forma de deshumanización.

Es un acto de violencia.

Es, a calzón quitado, un provincialismo de santurrones.

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