Daniel Ulibarri

Cuando sale el sol

Viejo tonto y ocupado, así sos vos, sol rebelde.

¿Por qué entrás así, a través de las ventanas y a través de las cortinas tan descarado?

¿Deben seguir tus movimientos las estaciones de mis amantes?

Sos un miserable pedante descarado, andá a reprender a los niños traviesos que llegan tarde a la escuela, esos aprendices amargos.

Ve a decirle a los cazadores de la corte que el rey cabalgará y llamá a las hormigas del campo a las oficinas de la cosecha.

El amor, ese sentimiento inexplicable, no conoce sobre épocas, ni climas ni conoce horas, días ni meses, que son los andrajos del tiempo.

Tus rayos fuertes y reverendos sugieren que has pensado —cosa que no deberías— en cómo eclipsar y nublar al amor…

Quizás con un guiño, si tan solo sus ojos no hubiesen cegado ya a los tuyos. Mirá, y mañana tarde, acostáte aquí conmigo.

Verás a esos reyes que ayer viste y te mostraré a todos aquí en mi cama compartida. Verás que el amor es todos los estados, todos los príncipes, porque el amor soy yo.

Nada más se me parece.

Los príncipes no hacen más que fingir, jugar y posar; pero a diferencia de toda mímica del honor y la alquimia de la riqueza, yo soy felicidad certera.

Vos, sol, sos la mitad de feliz que nosotros. Y es que el mundo simplemente se contrae así.

Tu edad pide tranquilidad, puesto que tu deber es calentar el mundo, eso se hace calentándonos aquí.

Brillá aquí para nosotros, y estarás en todas partes; este lecho es tu centro, estas paredes, tu esfera.

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