Daniel Ulibarri

COVID y el recuento de los daños

El mundo cambió en el 2020, la llegada inesperada de una pandemia que afectó al planeta entero no solo modificó la forma en que vivíamos la rutina que parecía inquebrantable, también cambió las prioridades del ser humano, de un momento a otro la salud volvió a ser importante y el miedo a la muerte se volvió una constante.

Durante estos dos años nos hemos tratado de acostumbrar a las palabras: pandemia, cubrebocas, coronavirus, variantes. La vida sigue y los retos que están por venir no solo incluyen el aprender a coexistir con el SARS-CoV-2, también debemos afrontar el daño colateral provocado por la pandemia que en materia de salud incluye muchas áreas.

La mejor medicina es la que logra prevenir que aparezcan enfermedades, esto disminuye los costos, permite tener la mejor calidad de vida, manteniendo una población sana y productiva.

La medicina preventiva ha sido la principal razón por la cual el ser humano vive en promedio 40 años más hoy que quienes habitaban este mundo hace dos siglos.

La pandemia provocó, entre otras cosas, cambios en los hábitos de ejercicio, de alimentación, de evaluaciones médicas de rutina. Los programas de salud pública se orientaron durante el 2020 y el 2021 al control y vigilancia de la infección por Covid-19, dejando a la medicina preventiva olvidada. Habrá que retomar una cultura de prevención en la sociedad costarricense y establecerla como una parte fundamental en la salud de la población.

El exceso de mortalidad que ha sufrido el mundo en estos dos años alcanza los más de 18 millones de habitantes. Esta cifra no se puede atribuir directamente a fallecimientos por el virus.

La atención en salud sufrió en forma indirecta una pausa en el tiempo que llevó a muertes de enfermos que requerían de la atención inmediata por otras enfermedades que no pudieron ser tratadas por la atención de enfermos de Covid, fue así como pacientes que dependían de quimioterapias, radiaciones, tratamientos inmunosupresores, dejaron de recibirlos y muchos de ellos fallecieron.

La atención y el seguimiento de enfermos con padecimientos crónico degenerativos fueron abandonados por diversas razones, esto no solamente provocó muertes en estos dos años, este suceso ha llevado a que nos encontremos hoy en día con una población más enferma, menos controlada en lo que se refiere a sus padecimientos crónicos y por lo tanto con una mayor necesidad de atención, justo cuando el sistema de salud se encuentra desgastado tanto en el personal humano como en los insumos.

Se requiere de un esfuerzo muy grande tanto por parte de los pacientes como por las instituciones de salud para recuperar la desatención que ocurrió en este tiempo.

Por último, está claro que el daño emocional provocado por el confinamiento ha afectado a todos los sectores de la sociedad, sin embargo, poco a poco, al recuperar gradualmente la convivencia, salen a la luz dos grupos de edad que han sido severamente lastimados por la falta de interrelación. Me refiero a los niños y a los adultos mayores, los primeros que dejaron de tener ese compartir en etapas tempranas de la vida donde la convivencia social te hace ser parte de un grupo, te integra a un sentido de pertenencia y que por razones obvias se puso en pausa.

Por otro lado, el deterioro tanto físico como cognitivo en los adultos mayores es evidente. La falta de actividad física por el encierro y la poca interacción social por el aislamiento han tenido un impacto tremendo en ese decaer gradual que irremediablemente lleva la edad, pero que en estos dos años pareciera haber sido una pendiente vertical.

Desafortunadamente, la reversibilidad de los mayores es muy complicada, pero los esfuerzos para reintegrar a una vida social normal a los niños y a los jóvenes es un reto enorme, ya que deberá de ser gradual para que no ocurra como el péndulo que ahora lleva a una vida de exceso y libertinaje después de la restricción y el aislamiento.

Los retos que enfrentará la salud pública de nuestro país son enormes, justo cuando pareciera que se encuentra más desarticulada que nunca, sin la cobertura indispensable en muchos de los casos. Pareciera que otra vez tendrá que ser la sociedad civil la que tome las riendas de este problema, porque si esperamos que la autoridad sanitaria establezca los programas que puedan solventar este momento, podríamos permanecer “confinados en la espera” por muchos años.

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