octubre 24, 2020

La conciencia es la sentencia

Cinco años había durado ya el noviazgo de Glafira, y su novio no daba trazas de formalizar la relación.

Le preguntó ella:

“Remisio: ¿cuándo vas a pedir mi mano?”.

“Uh, no -replicó el moroso galán-. La mano para qué la quiero”.


Don Cucoldo pasó a mejor vida, y su hijo lloraba gemebundo la sensible pérdida.

Su mamá lo consoló:

“No llorés, hijo. A lo mejor ni era tu papá”.


El israelita de los tiempos bíblicos creyó no haber oído bien. Le preguntó al Señor:

“¿Que a los árabes les vas a dar el petróleo y nosotros tendremos que cortarnos la puntita de la qué?”.


Dulcilí le contó a su amiga Susiflor:

“Mi abuelita tiene 90 años. Vive con nosotros, y nos preocupaba ver que bajaba del segundo piso deslizándose como una niña por el barandal de la escalera. Para quitarle esa costumbre enredamos alambre de púas en el barandal”.

“Y ya no baja por él, naturalmente” -dijo Susiflor.

“Sigue bajando -replicó Dulcilí-, pero ahora más despacito”.


Aquellos dos amigos eran sumamente bajos de estatura.

Ambos eran petisos, como se dice en Argentina y otros países de América del Sur para describir a los que aquí llamaban en El Chavo “chaparros”.

Los dos pequeños tipos apenas levantaban unos cuantos palmos del suelo.

Esa semejanza fue quizá lo que los amistó.

Cierta noche salieron con sendas chicas, y al día siguiente se reunieron los dos a fin de compartir sus respectivas experiencias.

El primero le preguntó a su amigo:

“¿Cómo te fue anoche?”.

“Muy mal –respondió con lamentoso acento el interrogado–. La muchacha era muy alta, y eso me puso tan nervioso que no pude funcionar. Pasé una gran vergüenza”.

“Pues a mí me fue peor” –suspiró el otro–.

“¿Cómo pudo haberte ido peor?” –se asombró el amigo–.

“Sí –confirmó el chaparrito–. Yo ni siquiera pude subirme a la cama”.


Himenia y Celiberia, solteras las dos y de madura edad, se confiaban sus respectivas ilusiones.

“Yo –declaró Himenia– me conformaría con una sola noche de amor”.

“¿Una nada más?” –se extrañó Celiberia–.

“A estas alturas sí –suspiró Himenia–. Pero esa noche de amor la voy a pedir en algún lugar del norte de Alaska. Entiendo que ahí las noches duran seis meses”.


La call girl fue llevada a juicio por ejercer su profesión.

Le preguntó con voz severa el juez:

“¿Tiene usted algo que ofrecer al jurado en su defensa?”.

“Sí, su señoría –respondió ella–. Mi número telefónico”.


La maestra les dictó a los niños, como prueba de ortografía, la conocida fábula de la gallina de los huevos de oro.

Al salir del examen Juanilito le preguntó a Pepito:

“Decime: la palabra ‘huevos’ ¿se escribe con ve chica o con be grande?”.

“No sé –contestó Pepito–. Yo para asegurarme escribí mejor: ‘La gallina de los aguacates de oro’”.


El señor le preguntó a su hija adolescente:

“¿Qué vas a querer de regalo en tu cumpleaños, linda?”.

“No te molestés en comprarme nada, papi –contestó ella–. Simplemente dame una tarjeta”.

“¿Una tarjeta?” –se sorprendió el señor–.

“Sí –confirmó la muchacha–. De crédito, sin límite de gastos”.


Un ladrón le contó a su compañero.

“Le arrebaté su bolso a una señora en la calle”.

Quiso saber el otro:

“¿Y qué sacaste?”.

Contestó el ratero:

“5 mil pesos y una hernia por cargar cosas pesadas”.


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