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Daniel Ulibarri

Conchadas


“Aunque la boda debe darse por hecha vengo a cumplir el formulismo de pedir la mano de Glafira”.

Con esas palabras altaneras se dirigió a don Poseidón el novio de su hija, sujeto sin oficio ni beneficio que andaba siempre a la cuarta pregunta.

Esa cuarta pregunta era la que los curas dirigían antiguamente al feligrés que se iba a casar. “¿Eres católico?”. “¿Perteneces a esta parroquia?”. “¿No estás casado?”.

Y la cuarta pregunta:

“¿Disponés de lo necesario para el sostenimiento del hogar?”.

Don Poseidón se encrespó:

“¿Quién dice que debe darse por hecha la boda de mi hija?”.

Replicó el galancete, imperturbable:

“Su ginecólogo”.


Una hormiguita acertó a estar sobre un enorme elefante africano.

Por algún extraño motivo el paquidermo se volvió furioso y entró en carrera loca a la aldea de los nativos.

Derribó a su paso las chozas de paja, arrasó los sembradíos y dejó tras de sí una destrucción total.

Desde lo alto del elefante la hormiguita vio aquello y exclamó:

“¡Uta! ¡Qué desmadre hicimos!”.


Un tipo le preguntó a su amigo:

“¿Por qué no salís con mujeres?”.

Respondió el otro:

“Padezco un grave problema sexual”.

El amigo se azoró:

“¿Qué grave problema sexual padecés?”.

Contestó el otro:

“No tengo dinero”.


El marido llegó tarde a su casa.

Se metió en la cama y se acercó a su esposa con intenciones evidentemente eróticas.

La señora le dijo:

“Hoy no. Estoy muy cansada”.

“¡Carajo! -exclamó el tipo con enojo-. ¿Pues qué les pasa a todas esta noche?”.


Babalucas, enfermero, se iba estrenar como ayudante de quirófano.

Dio principio la operación y pidió el cirujano:

“Bisturí”.

Se lo entregó Babalucas.

“Pinzas”.

Se las puso en la mano el debutante.

Dijo el facultativo:

“Gasas”.

Y respondió Babalucas:

“De nada”.


El señor y la señora comían en elegante restaurante.

De pronto el señor se metió apresuradamente abajo de la mesa y se ocultó tras el largo mantel.

Acudió con presteza el capitán de meseros y le dijo a la mujer:

“Señora: ¿por qué su marido hizo eso?”.

“No es mi marido -replicó ella-. Mi marido es aquel hombre que acaba de entrar”.


Pepito le informó a su abuelo:

“Ya te puse un clavo en la pared”.</