Daniel Ulibarri

Cometas

 

Azul el cielo, y bordaduras de oro en él la luz del sol.

 

El niño ha elevado su cometa, y los pájaros lo miran al pasar como si fuera un ave extraña.

 

A las nubes no les agrada ese travieso ser que se divierte haciéndoles cosquillas.

 

El cometa anhela que un día se rompa el hilo que lo ata al niño y a la tierra.

 

Así podría subir más allá de los pájaros, más allá de las nubes, y llegaría a donde juegan los cometas que han escapado y viven ahora arriba sin bajar ya nunca.

 

Ahí hay cometas de todos los colores: azules, rojos, amarillos…

 

Parecen bandadas de ángeles que sin darse cuenta atravesaron por el arcoíris y quedaron así pintados.

 

A algunos no les gusta su color.

 

Esperarán la próxima lluvia para despintarse.

 

Los niños extrañan su cometa.

 

A veces, muy de cuando en cuando, los cometas también extrañan a los niños.

 

Si yo pudiera los tranquilizaría: con el tiempo estarán juntos otra vez.

 

Pero no puedo tranquilizarlos.

 

Los adultos no hablamos el lenguaje de los niños ni de los cometas.

 

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