diciembre 4, 2020

Una mañana el niño elevó su cometa por el aire.

Subió y subió el cometa hasta que se perdió de vista en las alturas.

Tardó tanto en bajar que cuando llegó al suelo ya era de noche.

El cometa venía llena de un extraño resplandor.

Es que a él se habían enredado varias estrellas.

El niño las llevó a su casa y las metió en un frasco que cubrió con un lienzo para que nadie las viera. Cuando en la oscuridad quería verlas quitaba el lienzo, y la luz de las estrellas llenaba todo su cuarto.

El niño, sin embargo, estaba triste. Las estrellas no son para estar metidas en un frasco.

Al día siguiente las puso en el cometa y lo elevó otra vez. Cuando las estrellas se vieron en el cielo, libres, saltaron y ocuparon nuevamente su lugar.

Ahí están todavía. De vez en cuando una de ellas baja en medio de la noche y da su luz al niño.

El niño se pone feliz, y feliz está la estrella.

Desde mi casa yo veo esa luz y también me pongo feliz.

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