septiembre 21, 2021


Don Cornelio, marido tarambana, conoció en un bar a una atractiva dama cuyo oficio se conocía tan sólo al ver su traza, y que vestía elegantemente con ropa de marca y abrigo finísimo de piel.

Con ella fue al Motel Kamawa, y en la habitación número 210 efectuó en su compañía acciones de erotismo que no es posible describir aquí.

Terminado el ignívomo trance don Cornelio le preguntó a la dama el monto de sus honorarios, tarifa o arancel.

«Son 1500 colones» -dijo ella.

«¿2 dólares? -se quedó estupefacto el calavera-. ¿Cobrando $2 podés mantener tu tren de vida?».

«Bueno -respondió la mujer al tiempo que apagaba la cámara de video que había puesto a funcionar ocultamente-. También hago un poquito de chantaje».


Don Hamponio tenía ya tres años preso en el reclusorio Norponiente.

Un día su esposa pidió hablar con el alcaide de la prisión.

Le dijo:

«Vengo a exigirle que le dé a mi marido un trabajo menos pesado».

«¿Menos pesado? -repitió con acritud el funcionario-. Señora: su marido no hace absolutamente nada. Se ha negado a trabajar en la carpintería, en la cocina y en la lavandería. Está siempre dormido en su celda».

«Sí -replicó la mujer-. Pero me dice que toda la noche se la pasa cavando un túnel».


Doña Pasita y don Rugardo fueron a la clínica de maternidad a conocer a su bisnieto recién nacido.

El señor ya no veía bien por causa de su edad, de modo que le preguntó a su esposa:

«El bebé ¿es niño o niña?».

La ancianita le hizo a un lado el pañal al bebito, y después de observar detenidamente a la criatura respondió:

«Es niño, si la memoria no me engaña».


Un individuo acudió al consultorio del doctor Ken Hosanna y le hizo un relato que asombró al facultativo.

Le contó:

«Hace una semana llegué a mi casa y hallé a mi esposa en brazos de un sujeto. Dijo el hombre: ‘Vamos a discutir esto como personas civilizadas’. Me hizo que fuéramos a tomar un café y ahí me juró que no volvería a tener trato con mi señora. Sin embargo, al día siguiente los encontré de nuevo en coición adulterina. Otra vez el tipo me convenció de ir a tomar un café, y de nuevo me hizo el juramento de no ver más a mi mujer. Pero al día siguiente sucedió lo mismo, e igual antier y ayer».

«Perdone, señor -lo interrumpió el doctor Hosanna-. Usted no necesita un médico. Lo que necesita es un abogado».

«No, doctor -replicó el otro-. Vengo a preguntarle si no me hará daño estar tomando tanto café».


Doña Macalota, la esposa de don Chinguetas, llegó a su casa al término de un viaje.

Su hijito la recibió en la puerta con una pregunta muy extraña:

«Mami: ¿verdad que Caperucita Roja no usa negligé transparente, brassiére de media copa, pantaleta de encaje negro, liguero, medias de malla y zapatos de tacón aguja?».

«No, hijito -repuso la señora-. Caperucita Roja lleva una capita de ese color y una pequeña caperuza también roja».

El niño se dirigió a su papá con acento de triunfo:

«¿Ves, papi? ¡Te dije que la mujer que está en el clóset de tu cuarto no es Caperucita Roja!».


Un individuo de aspecto sospechoso abordó en la calle a don Cucoldo y volviendo la vista a todas partes le dijo en voz baja al tiempo que le mostraba furtivamente unos anteojos:

«Cómpreme estos lentes mágicos. Se los doy baratos».

Preguntó don Cucoldo, receloso:

«¿Qué tienen de mágicos los lentes?».

Replicó el tipo:

«El que se los pone ve desnuda a la gente. Si no me lo cree póngaselos».

Don Cucoldo se puso las gafas y con asombro comprobó que era cierto lo que decía el sujeto: la calle se había convertido en un gran campo nudista.

Sin regatear pagó por los extraordinarios lentes el precio que el hombre le pidió.

Se prometió horas y horas de deleite: vería sin ropa a la linda vecina del 14, a la curvilínea secretaria de su jefe, a la atractiva empleada de la tabaquería.

Con los anteojos puestos llegó a su apartamento.

En el sillón de la sala vio desnudos a su esposa y su compadre.

Al verlos en esas trazas soltó una carcajada tan fuerte que los lentes se le cayeron.

Sin ellos siguió viendo desnudos a su señora y al compadre.

Exclamó con enojo:

«¡Chin! ¡Ya se descompusieron los anteojos!».


Babalucas paseaba por la orilla del río.

Desde la orilla opuesta un tipo le gritó:

«¡Eh, amigo! ¿Cómo puedo pasar al otro lado?».

Con otro grito le contestó el badulaque:

«¡Ya estás en el otro lado!».


Una señora les contó a sus amigas:

«Mi marido cambió radicalmente sus hábitos sexuales».

Una de ellas le preguntó, intrigada:

«¿En qué consistió el cambio?».

Explicó la señora:

«Antes hacía el sexo tres veces por semana; ahora lo hace una vez al mes… Y se toma vacaciones en abril, junio, agosto y diciembre».


Astatrasio Garrajarra llegó a su casa beodo y en horas de la madrugada.

Su esposa lo increpó, furiosa:

«¡Por esperarte no he dormido en toda la noche!».

Contestó Garrajarra, tartajoso:

«¿Y acaso pensás que yo sí he dormido?».


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