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Daniel Ulibarri

Cinismos


Don Cornelio, marido tarambana, conoció en un bar a una atractiva dama cuyo oficio se conocía tan sólo al ver su traza, y que vestía elegantemente con ropa de marca y abrigo finísimo de piel.

Con ella fue al Motel Kamawa, y en la habitación número 210 efectuó en su compañía acciones de erotismo que no es posible describir aquí.

Terminado el ignívomo trance don Cornelio le preguntó a la dama el monto de sus honorarios, tarifa o arancel.

“Son 1500 colones” -dijo ella.

“¿2 dólares? -se quedó estupefacto el calavera-. ¿Cobrando $2 podés mantener tu tren de vida?”.

“Bueno -respondió la mujer al tiempo que apagaba la cámara de video que había puesto a funcionar ocultamente-. También hago un poquito de chantaje”.


Don Hamponio tenía ya tres años preso en el reclusorio Norponiente.

Un día su esposa pidió hablar con el alcaide de la prisión.

Le dijo:

“Vengo a exigirle que le dé a mi marido un trabajo menos pesado”.

“¿Menos pesado? -repitió con acritud el funcionario-. Señora: su marido no hace absolutamente nada. Se ha negado a trabajar en la carpintería, en la cocina y en la lavandería. Está siempre dormido en su celda”.

“Sí -replicó la mujer-. Pero me dice que toda la noche se la pasa cavando un túnel”.


Doña Pasita y don Rugardo fueron a la clínica de maternidad a conocer a su bisnieto recién nacido.

El señor ya no veía bien por causa de su edad, de modo que le preguntó a su esposa:

“El bebé ¿es niño o niña?”.

La ancianita le hizo a un lado el pañal al bebito, y después de observar detenidamente a la criatura respondió:

“Es niño, si la memoria no me engaña”.


Un individuo acudió al consultorio del doctor Ken Hosanna y le hizo un relato que asombró al facultativo.

Le contó:

“Hace una semana llegué a mi casa y hallé a mi esposa en brazos de un sujeto. Dijo el hombre: ‘Vamos a discutir esto como personas civilizadas’. Me hizo que fuéramos a tomar un café y ahí me juró que no volvería a tener trato con mi señora. Sin embargo, al día siguiente los encontré de nuevo en coición adulterina. Otra vez el tipo me convenció de ir a tomar un café, y de nuevo me hizo el juramento de no ver más a mi mujer. Pero al día siguiente sucedió lo mismo, e igual antier y ayer”.

“Perdone, señor -lo interrumpió el doctor Hosanna-. Usted no necesita un médico. Lo que necesita es un abogado”.

“No, doctor -replicó el otro-. Vengo a preguntarle si no me hará daño estar tomando tanto café”.


Doña Macalota, la esposa de don Chinguetas, llegó a su casa al término de un viaje.

Su hijito la recibió