En el Museo de la Mente

logro caminar hacia atrás,

pisar varios botones

grandes en el suelo,

y observar cómo se iluminan

partes del cerebro:

el lóbulo frontal

para decisión y memoria,

el lóbulo temporal

para el olfato y el sonido,

el occipital para la vista.

En ese momento de

fingido interés,

mi cabeza ya no es cabeza

pero campo de batalla

donde la furia libra

una guerra feroz

contra la paciencia.

Soy de pronto el niño

gritando en el suelo

y lanzando camiones

de plástico; en cambio,

soy una criatura comprometida

en el loop de una lucha

para liberar mi corazón

esclavizado de los monstruos

cuyas bocas espumosas

y humos calientes

y coágulos de sangre inmunda

me asedian mientras

reúno mis pensamientos

del desmoronamiento de mi universo.

Me retuerzo con el dolor

de una rabieta que renuncia

al papel de cráneo y piel,

a mi mente pintada en la pared:

desplegada como un tapiz medieval

de la ira ardiente en su frenesí

que mata y muere

por sus propias armas.

Cierro las puertas de la mente

del enojo y el dolor que la encona,

pero si la mente no cierra,

espero poder esconder

las armas antes,

no sea este el día,

en el que ya es demasiado tarde.

Es difícil predecir

cuándo se romperá

la materia más frágil.

Dejá un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: