septiembre 20, 2020

original (7)

Don Otelio era celoso en grado extremo.

Sufría esa pasión, los celos, a la que Shakespeare llamó «the green-eyed monster«, el monstruo de los ojos verdes.

Yo he conocido hombres así, atormentados por los celos. Suelen ser individuos feos casados con mujer hermosa, o vejancones que andan con muchacha joven.

A esa especie de infelices pertenecía don Otelio.

Varias veces durante el día llamaba por teléfono a su esposa para saber dónde estaba.

«Estoy en la casa, en la cocina -le decía la señora-. ¿Dónde más podría estar?«.

«A ver -le exigía don Otelio, suspicaz-. Si es verdad que estás en la cocina enciende la licuadora«.

La esposa la encendía, y el ruido que hacía el aparato tranquilizaba al celoso marido.

Una tarde don Otelio llegó a su casa antes que de costumbre y se encontró con una novedad que lo sobresaltó: su mujer no se hallaba en la casa.

Le preguntó a la empleada doméstica: «¿Dónde está la señora?«.

Respondió la mucama: «Salió, como todas las tardes«.

«¿A dónde fue?» -inquirió don Otelio temblando de inquietud.

«No sé -contestó la fámula-. Pero siempre se lleva la licuadora«.

Dejá un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: