Daniel Ulibarri

Cavar esta tierra

 
Esta es la tierra del dictador después de la revolución.
 
Ahora el dictador está desterrado a la necrópolis,
 
su ejército en campamentos en la frontera y la congregación
 
de los sin tierra puntea el terruño con mil chozas, cada carpintero
 
plantando un puñado de clavos. Aquí se cavan letrinas.
 
Cavar por el funeral en las calles de Managua,
 
el ataúd envuelto en una bandera roja y negra,
 
izada por una procesión tan silenciosa
 
que hasta los pies parecían no dejar sonido.
 
Tenía dieciocho años, estaba en la patrulla fronteriza,
 
cuando un francotirador del ejército del dictador apuntó a su cabeza.
 
Cavar por los rostros de los voluntarios en uniformes de secundaria
 
que enseñan a leer a los campesinos, trayendo un alfabeto intercalado
 
en cuadernos a lugares donde la niebla nunca sube de los árboles.
 
Todos muertos, por la malaria o el río codicioso, o el ejército
 
del dictador pululando los pueblos analfabetos como un cielo
 
lleno de pájaros saqueadores de maíz.
 
Cavar porque hoy, en un barrio sin fontanería,
 
hay una mujer con un vestido amarillo que se mete en un barril
 
lleno de agua para bañarse ella misma y el vestido al mismo tiempo,
 
sus manos ahuecadas derramándose.
 
Cavar porque hoy dejaron de cavar en un país sin vaso ni refresco,
 
donde el niño se quedó con la botella de plástico llena de hielo,
 
luego hizo un agujero con una pajita en el riachuelo.
 
Cavar porque hoy la pala golpeó un cuenco de barro
 
con siglos de antigüedad, el arte de los dedos humedecidos.
 
Cavar porque han acarreado basura y gas y han cortado
 
papel y vendido enciclopedias puerta a puerta.
 
Cavar, cavar hasta el pasaporte en su bolsillo trasero.
 
Se satura de suciedad, porque ahí trabajo para nada y por todo
 
en esa misma tierra perfecta, pero por una grieta en el labio.

 

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