octubre 19, 2020

Ya no se oye en el rancho el wagneriano clamor del burro de las once, que a esa exacta hora daba a conocer al mundo su existencia.

El sincopado compás de su rebuzno ha sido sustituido por la estridencia de las motocicletas, medio de transporte de moda entre los campesinos jóvenes, que las compran a 24, 36 o 48 cómodas mensualidades.

Yo no me opongo a la modernidad, aunque a veces la encuentro demasiado moderna.

Entiendo, pues me lo dice la gente del Potrero, que es más fácil mantener una moto que un jumento.

Pero el burro era parte del paisaje, y algo le falta al cuadro ahora que el burrito nicoyano ya no se mira en él.

Es una pena que no sea yo hombre de música o de poesía. Ninguna de esas dos bellas locuras recibí al nacer ni al crecer.

Si las tuviera le escribiría al paciente asno un soneto alejandrino, y por lo menos le compondría una canción, si no un concierto o una sinfonía.

Cualquiera de esas dos obras merece.

En su lugar, antes de que se vayan para siempre, les dedico al burro y a la burrita estas desmañadas líneas.

Las estoy escribiendo exactamente a las once.

Dejá un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: