septiembre 20, 2020

Un virus, un ateo y el dios dormido

El mundo ha cambiado en unos cuantos días. La vida antes del coronavirus es nostalgia y melancolía; la que vendrá después se ahoga tosiendo incesante, hay miedo, fatiga y molestia. Apareció un rayo de esperanza. Pero trae truenos, centellas y fulgores.

Las densas tinieblas van cubriendo todo. Parálisis en plazas, calles y ciudades. Silencio que ensordece, un vacío desolador. Algo palpita en el aire, son gestos, son miradas. ¡Qué horror! Un grito unánime. ¡Pereceremos! En la popa, lo primero que se hunde, duerme Dios.

¿Por qué tienen miedo? Piensen. Tratemos de entenderlo. Esta tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad, deja al descubierto las falsas, las superfluas seguridades con las que construimos agendas, proyectos, rutinas y prioridades.

Nos quedamos sin la inmunidad necesaria para enfrentar la adversidad. ¡Bendita tempestad! Se cayó el maquillaje, siempre querer aparentar. Nos sentimos fuertes, capaces de todo. Qué codicia, qué ganancia. Absortos por lo material.

Escuchá. No seás sordo. Sos vos quien no despierta. Cuántas guerras e injusticias, el lamento de los pobres, un planeta enfermo que se agita. Esta prueba es momento de elección.

Es tu juicio. Elegí entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa. Separá lo necesario de lo que no lo es. Llegó el tiempo de restablecer el rumbo de la vida. De encontrar a “Dios” en los demás. Nadie se salva solo. Y yo soy ateo.

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