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Daniel Ulibarri

Así es la vida, bebés

Si yo fuera diputado –¡Dios me libre!– presentaría una iniciativa tendiente a aplicar pena de prisión perpetua a cualquier hombre que obtuviera el favor de una mujer con una falsa promesa de matrimonio.

Entiéndanme bien, que tantas veces me he explicado mal: no estoy contra los seductores.

Estoy, sí, contra los burladores.

Quien enamora a una mujer de igual a igual, valido de su galantería, de su habilidad para el cortejo, ese hombre merece mi admiración y hasta -un poco vergonzante- mi envidia.

Pero aquél que consigue que una mujer se le entregue porque le ha prometido casarse con ella, y luego de obtenida la presa la abandona, ese hombre pertenece, en mi opinión, al ínfimo peldaño de la escalera humana.

Les digo esto porque en uno de mis viajes escuché una historia.

Sucede que un distinguido señor, pilar de su comunidad, fue a la cárcel acusado de un fraude millonario.

Todos sabían el fondo verdadero del asunto, y el hecho se contaba como se cuenta una novela o, más interesante todavía, una serie de Netflix.

Resulta que en los lejanos tiempos de su juventud ese sujeto dio palabra de matrimonio a una muchacha, y valido de ese antiquísimo artificio obtuvo de ella que se le entregara.

A consecuencia de tal entrega la chica quedó embarazada.

A veces los casados tardan en encargar familia, pero los novios nunca: la cosa pega de inmediato cuando las cosas se hacen al margen de los convencionalismos.

Y pasó lo de siempre: tan pronto supo que la muchacha estaba esperando el hombre no esperó.

Desconoció al punto la palabra dada.

Ella le pidió, llorando, que le cumpliera la promesa que le había hecho. Él se negó.

Le dijo: “Así es la vida, bebé“, y se largó sin más.

La joven madre tuvo que afrontar sola el duro trance, que -cosas de aquellos tiempos- la avergonzó hasta el punto en que se fue de la ciudad para ir a vivir en Estados Unidos.

Allá