septiembre 30, 2020

Si yo fuera diputado –¡Dios me libre!– presentaría una iniciativa tendiente a aplicar pena de prisión perpetua a cualquier hombre que obtuviera el favor de una mujer con una falsa promesa de matrimonio.

Entiéndanme bien, que tantas veces me he explicado mal: no estoy contra los seductores.

Estoy, sí, contra los burladores.

Quien enamora a una mujer de igual a igual, valido de su galantería, de su habilidad para el cortejo, ese hombre merece mi admiración y hasta -un poco vergonzante- mi envidia.

Pero aquél que consigue que una mujer se le entregue porque le ha prometido casarse con ella, y luego de obtenida la presa la abandona, ese hombre pertenece, en mi opinión, al ínfimo peldaño de la escalera humana.

Les digo esto porque en uno de mis viajes escuché una historia.

Sucede que un distinguido señor, pilar de su comunidad, fue a la cárcel acusado de un fraude millonario.

Todos sabían el fondo verdadero del asunto, y el hecho se contaba como se cuenta una novela o, más interesante todavía, una serie de Netflix.

Resulta que en los lejanos tiempos de su juventud ese sujeto dio palabra de matrimonio a una muchacha, y valido de ese antiquísimo artificio obtuvo de ella que se le entregara.

A consecuencia de tal entrega la chica quedó embarazada.

A veces los casados tardan en encargar familia, pero los novios nunca: la cosa pega de inmediato cuando las cosas se hacen al margen de los convencionalismos.

Y pasó lo de siempre: tan pronto supo que la muchacha estaba esperando el hombre no esperó.

Desconoció al punto la palabra dada.

Ella le pidió, llorando, que le cumpliera la promesa que le había hecho. Él se negó.

Le dijo: “Así es la vida, bebé“, y se largó sin más.

La joven madre tuvo que afrontar sola el duro trance, que -cosas de aquellos tiempos- la avergonzó hasta el punto en que se fue de la ciudad para ir a vivir en Estados Unidos.

Allá conoció a un buen hombre, se casó con él, y con el tiempo pasó a elevarse de simple comerciante a dueña de una empresa poderosa.

Cuando después de más de 30 años de matrimonio murió su señor, ella se dispuso a cumplir el propósito que en secreto había alimentado toda su vida: vengarse.

Cambiada totalmente por los años y -hay que decirlo- por la cirugía, volvió a su ciudad de origen y estableció un negocio con elevada inversión.

Sin que él la reconociera contrató a su antiguo burlador, ahora desde luego hombre maduro, jubilado ya de cierto banco, y lo nombró director general de la compañía.

Luego le puso cerca a una mujer joven y guapa que buscó especialmente para el efecto. La damisela le voló el seso al tipo y lo indujo a distraer cuantiosos fondos de la empresa.

Una vez que el delito estuvo consumado la dueña de la compañía denunció el fraude, y el hombre fue a la cárcel.

Ella lo visitó en la prisión. El reo supuso, esperanzado, que iba a obtener clemencia de su empleadora.

Entre lágrimas le suplicó que lo perdonara; le habló del sufrimiento de su esposa y sus hijos; se arrodilló ante ella rogándole que retirara la acusación.

No puedo” -le respondió fríamente la mujer.

Y luego, clavándole una mirada penetrante, le dijo:

Así es la vida, bebé. ¿Te acordás?“.

Entonces el hombre se acordó.

Ese mismo día la protagonista de esta verdadera historia arregló la venta de su empresa y volvió a Estados Unidos.

El relato que acabo de hacer no tiene moraleja.

Líbreme Dios de impartir una lección moral. Soy el menos indicado para andar por ahí moralizando.

Dios se reiría de mí, y su competencia más.

Lo que quiero decir es que nadie se va de este mundo sin pagar sus cuentas.

Así es la vida, bebés.

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