Daniel Ulibarri

Árbol

Están talando los grandes plátanos

al final de los jardines.

Durante días ha habido

el rechinar de la sierra,

el crujir de las ramas al caer,

el estruendo de los troncos

y el susurro de las hojas pisadas.

El trabajo de la semana

aquí está terminado.

Solo hay una rama

en el tronco de cuerdas,

bajo la fina lluvia gris,

verde y alta

y sola contra el cielo.

Si no fuera por ella,

si una vieja rata muerta

una vez, por un momento,

deshiciera el manantial de donde cuelga,

nunca me habría vuelto a enamorar.

Pero eso ya fue ahora,

y mi corazón ha sido golpeado

con los palpitares de aviones.

La mitad de mi vida

ha latido entre fugaces vuelos.

En el sol y en lluvias,

en el seco de enero,

en la humedad de mayo,

y en los grandes vendavales

que los sobrevivieron.

A través de los tejados

y de los grandes mares

solo hay una lluvia silenciosa

cuando se está muriendo.

Se escucha el volar de gorriones,

pequeñas criaturas que se arrastran

en la tierra donde yacen.

Pero yo miro al cielo

buscando al ángel que me ruega

nunca más lastimar este tronco de árbol…

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