noviembre 30, 2020

Creo que a estas alturas

el río debe estar inundado con salmón.

Es finales de agosto,

y me lo imagino tal como fue esa mañana:

una llovizna punzando la superficie,

niebla en los bancos como una red

asentándose a nuestro alrededor,

todo húmedo y brillando.

Esa mañana incómoda

y terrible para nuestras botas de hule,

nos acechamos en la corriente

y encontramos nuestros lugares:

vos un río unos metros arriba

y mucho más profundo.

Recuerdo como el río se filtraba por tu boca,

y te volviste más pesado con esa derrota.

Todo el día mis ojos seguían a los tuyos

para alcanzar mirarte,

hasta que me lanzaste tu hilo invisible,

cortando el cielo entre nosotros;

y luego, bastón en mano,

como intentamos, una y otra vez,

encontrar ese arco perfecto,

vuelo de un insecto

rozando la superficie del río.

Quizás recordarás que lancé mi hilo

y perdí dos truchas pequeñas.

No las pudimos conservar.

Porque quise soltarlas, voy a confesar.

Pensé en el pasado,

trabajando los anzuelos sueltos,

el pez retorciéndose en mis manos,

cada uno escapando

antes de poder dejarlo ir.

Puedo decirte ahora

que traté de asimilarlo todo,

grabarlo para una elegía

que escribiría un día…

cuando llegara el momento.

¿Qué importa si te digo que aprendi a ser?

¿Qué importa si ese momento es hoy?

Pero seguirás lanzando tu hilo,

y cuando no vuelva vacío,

estará enredado con el mío.

Algunas noches, soñando,

vuelvo a entrar en el bote que nos sacó

y vuelvo a ver el banco

retroceder de espaldas

hacia donde sé que nos dirigimos.

Dejá un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: