A los 60 años de su edad un académico se enamoró de una muchacha.

Por ella dejó sus libros, sus cartas zodiacales, sus instrumentos astronómicos.

Los discípulos de aquel buscador de la verdad se entristecieron primero y se burlaron después al verlo embebecido como un adolescente ante los dengues y carantoñas de la pizpireta.

Loco por el amor que le fingía la coqueta el maestro le dio casa y ajuar. Vendió su amada biblioteca para tener con qué satisfacerle sus caprichos.

Cambió un precioso astrolabio por una ajorca de oro falso que a ella le gustó. Meses después, cuando lo vio arruinado, la muchacha lo dejó para irse con un chamarilero.

Los amigos del filósofo fueron a verlo, condolidos.

¿Ya ves? Te decíamos que el amor de esa mujer era mentira.

Siempre lo supe -contestó el académico sonriendo con el recuerdo de su inefable dicha-. Pero mi amor era verdad.

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