Las casas tienen alma, digo yo.

Hace ya un año que no voy a la del Potrero.

Temo llevar al rancho el virus; por eso he dejado de ir.

Me llegan los decires de quienes cuidan la casona.

Entran en las habitaciones y les parece oír que los muebles se quejan de su soledad.

Rechinan las maderas del ropero;

truenan los goznes de la castaña vieja;

la mesa de pino de la cocina, vacía de cubiertos y de gente,

dejó escurrir de pronto una gota de resina…

¿Qué puedo yo decirles desde acá a esos objetos queridos que están tan allá?

Les pediría no desesperar.

Cuando esto pase -y pasará- volveremos a juntarnos,

si tal es la voluntad de lo que sea que nos dio la vida

y que nos la puede pedir de vuelta cuando quiera.

Ojalá regrese yo al Potrero.

Me miraré en la luna del ropero.

Pondré la mano en la combada tapa del baúl.

Me sentaré ante la mesa de la cocina

para mirar la lumbre que arde en el fogón…

Yo no desespero.

Espérenme.

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