octubre 24, 2020

Atravesaba el laberinto de pasillos de mi cerebro: rincones, cavernas estrechas y extrañas, callejones sin salida. Entonces, de repente, el estar así en mi cerebro, esta sensación de ser mi cerebro, me resultó insoportable.

Empecé a preguntarme consternado si la conclusión a la que había llegado hace mucho tiempo, esa de que no hay nada que pueda postularse razonablemente como el alma aparte del cuerpo y la mente era completamente válida. 

¿Por qué, como muchos de los que atesoro han creído, no debería haber una sustancia, un pensamiento, una materia que flote por encima y levante a ambos cuerpo y mente como la niebla al amanecer se levanta de un lago?
 
Aquí solo estaba esta caverna que registraba las horas de mi vida y se disipaba, extraviando a todas menos a tan pocas.
 
Si pudiera postular un alma, ¿podría ser esta la tarea?: salvar de manera convincente todo lo que he perdido. ¿Sería eso lo que se entiende por consuelo?
 
Y si existiera esa alma, y sus consuelos, ¿percibiría yo también la niebla y el lago de otras almas? ¿Las amaría más de lo que ya lo hago?
 
Y el lago, y el amanecer, y la barca sin timón que imagino allí: ¿amaría más eso también? ¿Y la montaña detrás, garabateando con árboles?  ¿Y el cordón de la oscuridad filtrándose hacia abajo?

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