Daniel Ulibarri

Abuso, la religión y ficción: de palabras a la acción

No me gusta sujetar una Biblia entre las manos, pero se la he pedido prestada a un vecino y leo aquello de “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza“…

Entonces me asalta un pensamiento lúgubre: ¿quién dice las últimas palabras sobre las mujeres que mueren abusadas y violadas? Un sacerdote, probablemente.

¿Por qué este libro sella la existencia de tantas personas?

Quería buscar la parte del Éxodo que detalla los diez mandamientos. Por eso me abstraigo en este texto que ahora me produce un extrañamiento súbito.

No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo“. Éxodo 20, versículo 17.

Leo y releo, casi no doy crédito.

La Biblia, dicen, es el libro más leído en el mundo. Le sigue el Quijote.

Solo hago un recuento de las mujeres que huyen de la violencia en la novela de Cervantes: Marcela a la que un grupo de pastores quiere linchar porque rechazó el amor de Grisóstomo que se suicidó despechado, Dorotea que huye travestida de hombre y aun así no libra los intentos de violación, Luscinda que es obligada a casarse con uno que abusó de ella, Camila que por un retorcido impulso de su esposo termina recluida en un monasterio, destino muy parecido al de Leandra que es enviada a un convento porque un soldado la raptó y la dejó desnuda en una cueva.

Miro estos dos libros hechos de libros, los repaso mentalmente.

Y no puedo evitar hacerme la pregunta obvia:

¿Cuándo y cómo empezó a repetirse el mensaje que normaliza que los hombres somos dueños de la vida, dueños del cuerpo y tasadores del valor de las mujeres?

Hace días reflexionaba sobre por qué parece impensable revertir el mensaje social respecto del abuso.

Me refiero a que las mujeres llevan toda la vida escuchando: “cuídese”, “avíseme si llega bien”, “no vaya usted sola”, “no salga de noche, no se exponga.”

No es de extrañar que no es parte del discurso social un mensaje que nos diga a los hombres: “no la toque si ella no quiere”, “no le diga lo que piensa de su cuerpo”, “hostigarla no es romántico”, “no la bese a la fuerza”, “no crea que su cuerpo está disponible si no está sobria”, “no la viole”, “no la golpee”, “no la mate”.

Es absurdo y disonante, lo sé, pero hace falta.

¿Cómo detener esta resignación identitaria si la Biblia que sacraliza nacimientos y muertes y que rige la moralidad de Occidente, legitima reglas violentas y feminicidas?

Si la piedra angular de la masculinidad es un Dios que a imagen y semejanza creó al hombre para disponer o no de la mujer como de todas las cosas que otro hombre posee, ¿cuándo vamos a finalmente tocar fondo?

Si la mujer no es “pertenencia” de prójimo alguno, ¿entonces está disponible?

Qué sería del mundo si ese versículo del Éxodo dijera: No abusarás de mujer alguna.

Hay un vacío en el conocimiento que impide el reconocimiento, ¿será que no vemos lo que no conocemos?

Hay un vacío que necesita ser llenado con un mensaje para los hombres.

Lo voy a decir con todas sus letras: si usted tiene un hijo, dígale que no viole, que no mate.

Posiblemente necesita escucharlo. El vacío, ese vacío inmenso, también nos contiene a nosotros, señores.

De veras, díganselo todos los días, todas las noches: no la golpées, no la violés, no la matés.

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