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Daniel Ulibarri

El sinvergüenza

No lastimo a otros hombres. Cuando veo otro cuerpo masculino, no veo algo que deba ser mutilado, brutalizado o aniquilado. No deseo causarle sufrimiento. No tengo ningún interés en lastimar su carne o sacar sangre de sus venas. Del mismo modo, no tengo ningún deseo de violar mujeres. Tampoco me importa entablar una conversación que implique el dominio y la propiedad de su cuerpo en contra de su voluntad. No veo su cuerpo como una propiedad.
Por estas razones, hay algunos en la sociedad que todavía creen que merezco ser castigado.
Porque dentro de los confines de un sistema rígidamente patriarcal, soy la aberración máxima: soy un hombre que ama a otros hombres y otras mujeres, y en un sistema así, este hecho, por encima de todo, no se puede defender.
Al crecer, aprendí rápidamente que toda recompensa debía obtenerse a través del dominio y / o destrucción de otros machos. Mediante la competencia, mediante la guerra, mediante la violencia. Eso era lo que significaba ser un hombre.
Este mensaje fue reiterado una y otra vez por la sociedad, por los medios de comunicación y sin saberlo, por los padres que hicieron lo mejor que pudieron con la información que tenían.
El cuerpo masculino, vehículo de competencia y amenaza, estaba allí para ser aniquilado y destruido de inmediato o, de lo contrario, obligado a someterse. Cualquier deseo de cuidar de otro cuerpo masculino, de nutrirlo, desearlo o proporcionarle algún placer era una inversión, una abominación.
Y como tantas personas jóvenes no heterosexuales que crecen, navegué por este discurso lo mejor que pude, reprimiendo mis deseos y comportamientos, odiando quién era yo. Como tantos hombres bisexuales antes que yo, hubo momentos en los que quise salir de este planeta.
La vergüenza no es una experiencia pasiva. Es un veneno tóxico que recorre el cuerpo como un derrame de petróleo. Y durante mucho tiempo, la vergüenza fue todo lo que conocí.
Para drenar por completo a un ser humano, a nivel cultural, basta con negarle un reflejo de sí mismo.
A medida que crecía, comencé a buscarme en el entretenimiento convencional. Quería encontrar cualquier reflejo, alguna representación de quién era yo.

Pero aprendí que había que ocultar quién era yo, cambiarlo radicalmente o estar sujeto a un intenso ridículo o violencia.

Después de tantos años, la sociedad había logrado transmitirme su mensaje, alto y claro:
«No existe tal cosa como un hombre gay o bisexual con aspiraciones y empoderamiento sexual».
Y, desafortunadamente, creí e internalicé ese mensaje porque era mi única realidad percibida, la que me habían recetado. Era lo único que conocía. Hasta que llegué a la adolescencia.
Cualquiera que me conoce ha de suponer, había estado mirando imágenes en línea durante algún tiempo, pero esto fue antes de la banda ancha de alta velocidad y, obviamente, cualquier incursión en esta experiencia tenía que llevarse a cabo en secreto y con extrema precaución. 
No solo albergaba estos deseos de explorar mi atracción por los hombres, ahora estaba empezando a actuar sobre ese impulso gracias a la pornografía.
Me sentía como un ser tan malo. Una vez que cerré la puerta de mi habitación detrás de mí y presioné play por primera vez, ya no habría vuelta atrás.
La avalancha de sensaciones que inundó mi mente y mi cuerpo aseguró que ya no se podría negar quién era yo, aunque mi alma sabe que lo intenté.
Con esto vino la comprensión profunda y que me cambió la vida: no pasaría el resto de mi vida fingiendo ser algo que no soy.

En internet había un mundo tan diferente a todo lo que había conocido. Si bien eran escenas de amor y pasión entre hombres actuando fantasías, era mejor que la realidad homofóbica que me rodeaba en todos los campos de mi vida.

Estos hombres, atléticos, poderosos y sexuales, se manifestaban sin complejos en actos que durante tanto tiempo me habían enseñado que eran repugnantes.

Pero no eran repugnantes ni eran vergonzosos.
De hecho, eran jodidamente hermosos. Y lo más importante, me gustaron.

Aquí estaba mi sexualidad, mi núcleo: la esencia de lo que estaba dentro se jugó frente a mí de la manera más sublime y sin remordimientos posibles.

Fue en este punto de inflexión que comencé a descubrir a estrellas como Colton Ford y Mason Wyler. Finalmente, tenía mis íconos masculinos.
Comencé a investigar sobre mi comunidad y la constante era siempre el costo humano:  la pérdida de tantas vidas a causa del VIH y la crisis del SIDA nos ha dejado una tragedia cultural y bastante munición para todos los ignorantes que juran que aquello que no merece ser parte del statu quo,  solamente tiene lugar en el infierno.

Después de los muchos avances que había dado el colectivo LGBTQ en los años 60 y 70, el bloque ultraconservador, una vez más, logró abrirse camino de regreso a nuestra ideología sexual.
El acto sexual, un tema de adoración y burla simultáneas, siempre termina siendo una cuestión de moralidad social.
“Los hombres gay son putas y las putas contraen el sida”

El mensaje, por mas falso, era simple y poderoso: cualquiera podría haber sido perdonado por seguir la corriente cultural pues el enojo y el miedo son el coctel perfecto: un fenómeno poderoso y embriagador.
Con la aparición del entonces llamado «cáncer gay» en 1981 (año en el que yo nací), los moralistas habían logrado militarizar la sexualidad.
Una vez más temible, y como hombres homosexuales, los degenerados, los grandes portadores de enfermedades, nuestra sexualidad era una plaga.

Seguimos lidiando con las repercusiones de estos tiempos, incluso hoy.
Todavía no nos hemos recuperado de este revés monumental. 

Al estudiar nuestra historia y la lucha de quienes tampoco encajan, asumo que la persecución y la propia identidad sexual se empezaron a convertir en mi insignia de honor más que en una señal de cobardía.
La vergüenza y el estigma del VIH siguen siendo rampantes, la expresividad sexual sigue emparejada con la poca inteligencia.
Uno solo tiene que observar el nivel de desprecio con el que ha tenido la introducción de Truvada, un medicamento preventivo que podría cambiar para siempre el rostro de la epidemia, para ver que muchas de las viejas ideas todavía se niegan a aflojar su control.

Sin embargo, en medio de todo esto, a medida que la división entre sectores del mismo colectivo y la corriente principal se volvió cada vez más cavernosa, todavía no estábamos completamente sin voz.
Tuvimos a nuestros Larry Kramers, y también le debemos mucho a artistas como Madonna y Gloria Trevi.

 
Mucho antes de Lady Gaga, ellas ya habían adoptado la estética y los ideales de nuestra cultura. No olvidemos eso.

Sin embargo, eran (y en gran parte siguen siendo) solo las mujeres identificadas principalmente como heterosexuales quienes tienen cierto permiso social para adoptar nuestra voz de manera subversiva y llevarla a la corriente principal.
Nuestros propios representantes sexuales todavía se encuentran casi exclusivamente dentro del medio pornográfico.

La sexualidad masculina en general (y mucho más la sexualidad masculina gay) siempre ha sido, y sigue siendo, un tema impregnado de tabú.
Tan solo en el 2016  se fueron de nuestros escenarios David BowieFreddie Mercury  y George Michael.

Pero hoy en dia están Troye Sivan, Lil Nas X y muchos cantantes o raperos más  que solo buscan ser ellos mismos, sin importar las consecuencias.
Y en el mundo de la pornografía, precisamente desde América Latina, hay  alguien que está dispuesto a profundizar más en su propia verdad personal de lo que la mayoría de nosotros jamás se atrevería.
Me refiero al abogado que abandonó su natal Venezuela para convertirse en la mayor estrella del cine porno en toda Europa: el inigualable Viktor Rom.
Y creo que todos podemos aprender de él.  ¿Por qué? Porque es la personificación de que la pornografía gay también puede salvar vidas.

Hoy en día, todos los que tienen acceso a la cámara de un teléfono y una conexión a Internet son aspirantes a estrellas del porno, por lo que desnudarse en la pantalla no es nada revolucionario.
Pero no olvidemos a los que vinieron antes que nosotros y dejaron todo atrás para ayudarnos, como raza humana, a seguir caminando para adelante.

No olvidemos el estigma, el abandono social y el sufrimiento que muchas personas gay, bi y trans tuvieron y tienen que soportar para convertirse en algún tipo de punto de referencia para nuestras identidades sexuales.

Aunque gran parte de la sociedad continuará sosteniendo que yo me identifico dentro de quizás el espectro más desechable y culturalmente irrelevante del planeta, me pregunto cuántas otras vidas se han salvado como resultado directo de este medio.
Cuando el resto del mundo me decía que me cambiara a mí mismo, que fuera otra persona a toda costa, estas figuras fueron lo único que me decían que aguantara.
Soy quien era y nunca jamás pediré disculpas por ello. Y eso, seguramente, me hace todo un sinvergüenza. Con orgullo, pues.

Amante del humo, la gasolina, los químicos y preservantes. Quienes son amantes del "fitness", el gimnasio, las dietas y los maratones y cualquiera que abrigue escrúpulos de moralina, se encierre en sus 'tiquismiquis' de conciencia y provincialismos santurrones, deje de lado estos renglones ahora mismo.

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